Hace unos días al leer
un extenso artículo aparecido en El País que planteaba la realidad de una generación de jóvenes desencantados y desmotivados que NI estudian NI trabajan y me vino a la cabeza una conversación con dinamizadores de telecentros de Asturias sobre la realidad de los jóvenes que desarrollan una actitud comensalista en casa de los padres.

No recuerdo quien explicaba que las generosas prejubilaciones de la minería asturiana hacía entrar mucho dinero a las familias, los jóvenes, acostumbrados a tener "de todo" caían en el acomodo de la vida fácil: no estudiaban y tampoco trabajaban. De hecho esperaban encontrar un trabajo tan generoso como el de sus padres que les permitiera vivir sin pegar golpe.
El relato que escuchábamos, tomaba cuerpo en forma del padre que aconsejaba a su hijo de veinte y pocos años no aceptar un trabajo en un almacén (escasamente pagada, seguramente) porque él "tenía que aspirar a más" y que mientras "ya estaba su padre para mantenerlo". Lo dramático era que el chico también había abandonado los estudios y ya llevaba un par de años deslizándose por la vida cómoda que le aseguraba el padre a la espera del maná celestial que todo el mundo le decía que se merecía.
A todos se nos venía a la cabeza la situación que se produciría cuando el padre faltara y con él, el subsidio estatal. El producto social sería un zángano incapaz de ganarse la vida. Y todo ello con la bendición de los padres y con la ayuda de todos nosotros.
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